Estamos en el domingo que cierra la Semana
Grande y una marea humana inunda la explanada de la Alameda.
La gente desborda los márgenes del barranco, que acaba
de cruzar la poblada comitiva encabezada por la Virgen de las
Nieves. La ciudad hierve con la impaciencia de un momento largamente
esperado durante cinco largos años y nada parece detener
el imparable empuje de la procesión hasta la parroquia
matriz del Salvador.
Y sin embargo, un grito de advertencia rompe el contenido silencio
impuesto por la emoción. Desde las almenas del Castillo,
donde ondea la Bandera de la Virgen, alguien proclama:
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No hay actos de la Bajada en la agenda de Infoisla
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- Ver Mapa]
Velera Nave, que la mar surcando
a este fuerte te vienes acercando.
No prosigas tu rápido camino
sin decirme tu nombre y tu destino
Así comienza el Diálogo entre el Castillo y la
Nave, cuyo texto de Antonio Rodríguez López se
remonta a las Bajadas de 1880 o 1885 (las fuentes discrepan
sobre la fecha exacta). Las primeras referencias de la representación,
que guarda un muy cercano parentesco con los autos de Moros
y Cristianos, son sin embargo de principios del siglo XVIII.
El barco responde a la interpelación del Castillo proclamando
que lleva a bordo "una doncella pura de simpática
hermosura". Al reconocer la imagen de la Virgen, los centinelas
transforman al instante sus cañonazos en salvas de saludo.
Y, tras la Loa del Recibimiento, prosigue la procesión
sin más sobresaltos, hasta su destino final en la parroquia
matriz de El Salvador.