Como otras tantas expresiones populares exentas de la repetición matemática de la industria, surgen en La Palma nuevas artesanías que se incorporan al repertorio de la amplia y rica oferta tradicional de la isla. En su gran mayoría, son manos de mujer las artífices de estos bellos objetos de uso cotidiano.
Nuevos diseños y usos, en los que el tiempo y las horas invertidas no corresponden con el precio final de las piezas, son creados minuciosamente. Entre las ofertas de mayor producción, se encuentra la cestería de arique, que poco a poco ha ido abriendo pasos seguros dentro de su ámbito. La imaginación y el saber han propiciado la utilización de los materiales que la propia naturaleza de la isla ofrece. El arique o badana se obtiene de la cepa o tronco de la platanera, en una tierra -no hay que olvidarlo- que depende fundamentalmente del cultivo del plátano. Las extensiones de este cultivo han propiciado el uso de ariques para diferentes empleos, especialmente –ya deshidratado y seco- de cuerdas. De aquí partió, ahora entrelazado, la hechura de delicados cestos y todo aquello que el gusto de la artesana logra provocar.
La Palma, abierta de par en par a todo lo que de bueno llegara desde fuera, ha acogido en el tornaviaje de la emigración a Venezuela las técnicas de los trabajos de miga de pan o harina de maíz que, unidos a cola y colorantes, dan forma a vistosas y jugosas frutas o verduras. También pétalos de rosas, almendros en flor, camelias y claveles, configurando bellos bodegones que decoran cocinas y salones. La perfección de la obra adivina efectos escultóricos, en los que se consigue insinuar, a la vista y el tacto, los nervios de una hoja o la porosidad de un cítrico.
Estas nuevas artesanías y otras que lentamente se han venido incorporando ya se han convertido, por derecho propio, en un producto bello y especial dentro de los trabajos salidos de manos de mujer.
Texto: María Victoria Hernández