Hoy en día, las labores del preparado y tejido de la seda perduran en La Palma, con ancestrales técnicas medievales, en manos de mujer. Curiosamente, las más viejas ordenanzas del oficio (siglos XVI y XVII) prohibían expresamente estos trabajos al género femenino. Protocolos, escrituras y repertorios de oficios recogen encargos y contratos a varones, sederos, torcedores y tintoreros. Tanto era así que en siglo XVI sólo se conocen en La Palma nombres propios de varones con el oficio de sedero o sedacero. La mujer se encontraba al margen de estas labores.
Por suerte para la cultura palmera, el viejo oficio pasó a manos femeninas que, con el transcurso de los siglos, han significado la permanencia de estas bellísimas labores artesanas. Este traspaso debe tener su origen a la escasez de varones, dedicados a la milicia o emigrados a otros lugares.
El mismo brillo y magia que atraía la vista y el tacto a los finos hilos del antiguo Celestial Imperio donde nació, se mantienen, trascurridos miles de años, en la seda artesana de La Palma. Con la incorporación en 1493 de la isla a la Corona de Castilla, llegan, procedentes de Portugal y Andalucía, las técnicas textiles imperantes en la época. Esta actividad empezó a decaer a finales del siglo XVIII por el uso grande que hacen los isleños del algodón para vestir. Aún así, a mediados del siglo XIX se establece en Santa Cruz de La Palma una fábrica textil con las técnicas y los instrumentos más avanzados, que preparaba seda para exportarla luego a Lyon (Francia).
Cinco siglos después, el tiempo parece haberse detenido en la artesanía de la seda. Hoy en día, su proceso -totalmente manual y único en Europa- comienza con la crianza del gusano y el trabajo, con más de doce pasos diferentes, hasta lograr la pieza deseada. Los telares, a dos o a cuatro lizos, tejen puntos de tafetán, gabardina, cordoncillos y palma, o espiga.
Los tintes naturales se perdieron a principios del siglo XX, manteniéndose sólo el de cáscara de almendra, hasta que a finales del siglo lograron recuperarse otras muchas materias tintóreas: gualda (amarrillo), cochinilla (rojos, granates y rosas), eucaliptos (grises) y nuez (marrones), entre otras.
La seda sigue hilándose (o sacándose) mediante un sistema propio de hilanderas medievales. Hoy como ayer, en una caldera de cobre puesta al fuego y cuando el agua está en su punto de ebullición, se introducen los capullos que, ayudados por el agua caliente, van aflojando el hilo continuo que los envuelve; la artesana tira de ellos con una escobilla de brezo, llevándolos a un torno manual, en el que acaban convirtiéndose en madejas.
A partir de este punto se continúa con el primer devanado; se limpia y atan los cortes para obtener un hilo continuo en la zarja, donde se van haciendo, por grosores que determina el tacto, fajas (hilo continuo de unas mismas características). De la zarja se sacan, por medio de una redina, dos o más hebras, llenándose los cañones (trozos de caña). Después se procede al torcido, que consiste en hacer girar manualmente dos husos que llevan varias hebras y penden verticalmente de sendas alcayatas fijadas en el techo. Este último paso aparece, de forma semejante, en las labores textiles egipcias, reflejadas en tumbas del año 1900 antes de Cristo.
Una vez torcida, la seda se traslada a un torno más pequeño, donde se hacen madejas que se hierven con agua y jabón para quitarles la aspereza; descrudada la seda, su brillo y agradable textura quedan al descubierto. Entonces, si procede, se tiñe con productos vegetales naturales acompañados con el correspondiente mordiente o fijador.
Todavía en madejas, la seda debe volver a unos cañones (útil de caña donde se envuelve) para preparar la urdimbre, en un urdidor de pared. La trenza de ahí resultante pasa al sentado (tensado) definitivo en el telar, donde, después de estar bien templados los hilos, empieza la tejeduría.
En 1951, la escritora cubana Dulce María Loynaz disfrutó personalmente de las labores sederas de El Paso. En su libro Un verano en Tenerife, expresó sus impresiones, anotando que en El Paso habían venido a refugiarse las últimas hilanderas medievales y era el lugar donde se conservaba viva una casi extinguida artesanía: el cultivo y tejidos de la seda. Por fortuna para los amantes de la cultura tradicional, la escritora se equivocó y sus augurios de extinción no se han cumplido. Termina la escritora haciendo una bellísima reflexión sobre el precio de la blusa de seda, que había adquirido: Nunca son caros los finales heroicos y humildes de un arte, de una tradición... Nunca es caro el primor que se nos va.
Texto: María Victoria Hernández