El verde tierno de los semilleros inunda en los meses de noviembre y diciembre las tierras palmeras. Es el color inconfundible del tabaco. Para el cosechero Augusto González, el mejor tabaco del mundo está en Pinar del Río (Cuba) y en La Palma; así se ha dicho, se dice y se dirá.
El ciclo productivo comienza con la confección del semillero y termina con la fermentación de los pilones de hojas, llegando después a las manos de los artesanos. Pero antes se tuvo buen cuidado en guardar un puñado de semilla para el año próximo, escogidas con esmero entre las mejores plantas.
La artesanía del tabaco se introdujo en La Palma a mediados del siglo XIX, con el retorno de los emigrantes que habían viajado a Cuba en busca de fortuna. Vienen desde muy antiguo su fama y su reconocimiento. En la exposición regional de Canarias, celebrada en Las Palmas de Gran Canaria en 1862, el palmero Esteban Abreu Lecuona obtuvo medalla de plata al concurrir en la sección de agricultura con un mazo de tabaco habano en hoja. Las semillas actuales llegaron desde Cuba durante la década de 1940. Llamadas popularmente pelo de oro, su presencia significó que en la posguerra muchas familias pudieran subsistir cultivando un puñito de tabaco, en un trabajo en el que colaboraban todos sus integrantes. Por la noche, las mujeres hacían guardia en los semilleros de postura ('plantas pequeñas de tabaco'), con jachos o antorchas encendidas, para evitar el ataque de las roscas ('gusanos que aparecen tras la puesta del sol').
Con la isla caribeña comparte La Palma, además de una relación entrañable, las voces de la elaboración de los puros que, con el transcurso de los años, han pasado al habla popular con un significado diferente al original. Se escucha llamar sorullo a una 'persona torpe', cuando en su origen el término designa la 'parte interior del puro, la más burda, compuesta de recortes de hojas'. También se puede oír matul aplicado a una 'maleta'; en el trabajo del purero, un matul es un 'pilón o amontonamiento de tabaco en rama'.
La forma y el tamaño de los puros también cuentan con su denominación particular. Los peticetros tienen tamaño medio; los panetelas, largos y delgados; los coronas, grandes; los viuditas (voz sentida por el hablante como más elegante que la originaria, breba), pequeños y con rabito; los nuncios, grandes y de considerable grosor.
No sólo el varón -aunque predomina- trabaja en el minucioso arte de entremezclar las mejores hojas; también la mujer palmera conoce ese secreto heredado de generaciones, consiguiendo además -no se sabe por qué- que sus manos, curtidas por el fermento del tabaco, realicen en una jornada laboral una producción mayor de puros.
Una tabaquería o un chinclal -palabra con la que se denomina en Cuba un 'pequeño negocio'- está presidido en La Palma por una mesa con faldón de saco, donde se colocan los recortes. Sobre ella, una tabla de madera dura, por lo general de palo blanco; la máquina, una simple cortadora metálica, la cuchilla y el huevero ('recipiente que contiene el pegamento elaborado artesanalmente'). Son útiles sencillos, manejados, junto con la prensa, por manos ágiles y sabias.
El puro palmero es sinónimo de calidad, de trabajo bien hecho. Algunos interesados, aprovechando su fama, pretenden denominar palmeros otros tabacos realizados fuera de la isla. Uno de los valores más codiciados de este tabaco es su aroma, que se consigue con las buenas cosechas en las zonas de La Caldera (procedente de la Hacienda del Cura, en el Parque Nacional de La Caldera de Taburiente), La Rosa (Villa de Mazo), Breña Alta, Breña Baja, El Paso y Santa Cruz de La Palma. También lo son su quemado parejo (circular) y su ceniza blanca.
Elaborado el puro, comienza la ceremonia ritual del buen fumador: los expertos se enjuagan la boca para saborearlo mejor, lo aprietan cerca del oído para oír si cruje mucho o poco dependiendo de la humedad, lo encienden con fósforo de palo y, sobre todo, se relacionan con él relajados y tranquilos, dejándose envolver por su aroma y entablando un fructífero diálogo con el humo.
Gran parte de este ancestral atractivo de aroma y embrujo lo aportan ágiles manos de mujer unidas a técnicas ancestrales.
Texto: María Victoria Hernández